profundo carmesí


lunes, 11 de enero de 2016

La Cocha. Tucumán.
4 de noviembre de 2005.

Esa mañana me levanté y salude a las chicas, mi época como gerente de whiskería terminaba. Me saludaron sin saber que nunca más me verían. Camine esas montañas sin saber mi destino, por la ruta durante cinco kilómetros hasta el puesto caminero. Espere sentado alguna señal. El policía habla con un Duna blanco y le pregunta si me lleva hasta el pueblo que iba, me subí, era un chofer de un taxi que había perdido, lo habían engañado en un viaje de más de mil kilómetros y no le habían pagado, habían huido en la Terminal, volvía preocupado por haber perdido un día y sin dinero. Le propuse pasar por dónde yo paraba, y le daba un cierto dinero si me llevaba hasta la capital, desde ahí vería que hacer, lo único que sabía, es que debía irme de ahí, corría el riesgo de que me encerraran en la cárcel y no podía darme ese lujo. Entramos al pueblo de los suicidas que me acogía y que me había dado todo, ya la historia latía en mis tripas. Como el final era inminente había tratado de desarrollar todos los números así me iba tranquilo, con los que compartía actividad tenían el don de ensuciar, así que quería dejar lo más claro que pudiera, no había tanto tampoco, y sólo me dejé el dinero justo para tomarme un colectivo hacia donde pudiera, aún no sabía dónde. El Duna me espera a unos metros de la casa, entro, voy a mi pieza, sacó mi bolso, con poca ropa, libros, algo de música, lo que me acompañaba, todos dormían la siesta, como cuando llegué la primera vez, sólo estaba despierto mi tío, le dije que me iba, y le mostré los números, intentó convencerme, que lo pensara, ya era tarde. Nos abrazamos en esos llantos de los que nunca más se volverán a ver. Me subí al Duna y el aire de la libertad me habitaba, aunque no supiera que pasaría, me dejaría llevar por primera en mi vida, y que el universo decida, más que las personas. Eran cien kilómetros que tenía resuelto, con el taxista derrotado. En el camino se nos rompe el caño de escape, por lo cual debe llamar al dueño del taxi, el que viene a remolcarnos, hasta la capital de Tucumán, el le dijo que yo era un sobrino para quedarse con el dinero y no dar demasiadas explicaciones. En la Terminal de Tucumán, veo una oferta a Buenos Aires, le hablo a Agustín, un incondicional en instancias de desesperación. Me dice que me espera, se estaba yendo a Mar del Plata, ese día se realizaba una cumbre contra Bush, iban en tren Maradona y Hugo Chavez entre otros. Una vez en Congreso, el barrio que me cobijo unos días antes de volver a Córdoba. Dónde no podía volver por ahora. Los detalles se habían alterado. Llame a la Comisaría a dónde pertenecía la Whiskería y avise que no estaba más a cargo. Otra vez a empezar de cero. Es un punto en que las ciudades te dan la espalda o te abren los brazos, sólo hay que estar en el momento justo, o simplemente hacer algo acorde al tiempo que se vive.


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